Todo estaba armado para que el régimen venezolano pudiese conseguir un poco de oxígeno en su agonizante caída. Alberto Fernández, presidente virtual de los argentinos, le había prometido a Putin ser la puerta de entrada a la región, pero Fernández, cuando proclamó su altisonante promesa, ni siquiera había registrado que no juega solo en la estrategia de Putin, y que él mismo está puesto ahí por una larga cadena de acontecimientos que empezó décadas atrás, con un fin concreto: borrar la opción democrática de la agenda regional. Hoy, América Latina ya no es la puerta de entrada de la gente inmigrante acosada por las guerras y la miseria. Es, apenas, la puerta de entrada de quienes vienen a despojarla de la riqueza, intelectual y material, que esa inmigración creó aquí, en estas tierras; que creyó en nuestra democracia incipiente.
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