Cuando el último de los visitantes hizo sonar la puertecita del ascensor y gritó: «So long, baby», la Tota regresó al salón vacío, se dejó caer en el sofá y se estuvo un momento con la cara entre las manos. Yo me apresuré a hundirme en el silencio que ella permitía crecer, un silencio donde zumbaba en germinación la tormenta. Pero no pude gozar de la paz porque no tenía fe en ella. Siete minutos permaneció callada un lejano día la Tota y ésta sigue siendo su marca más notable. Siempre he pensado que unos meses de afonía podrían convertirla en un ser humano.
Leer más →
