Congreso del PEN internacional de Nueva York en 1966. – la nota del crítico literario Emir Rodriguez Monegal
Por: Fecha: 13 julio, 2020 Categorias: Antecedentes

Emir Rodriguez Monegal

«El P.E.N. Club contra la guerra fría»En Mundo Nuevo, n. 5
noviembre de 1966
p. 85-90

Por Uruguay asistieron Juan Carlos Onetti y Carlos Martinez Moreno.

«Aunque el XXXIV Congreso internacional del P.E.N. Club, realizado recientemente en Nueva York, transcurrió en el clima de la más absoluta libertad de expresión, participando escritores de todos los matices políticos que hoy dividen el mundo en bloques antagónicos y sin que siquiera se buscase una imposible unanimidad de opiniones (debe ser de los pocos Congresos en que no se pidió a nadie que firmase ningún manifiesto), los comentarios que ha suscitado su realización y las versiones que ya se han publicado sobre actuaciones individuales o colectivas en dicho Congreso abarca el más variado espectro que pueda imaginarse. Sin ánimo exhaustivo, parece interesante examinar aquí algunas de esas reacciones que superan (en muchos casos) el motivo mismo que parecen comentar o desarrollar.

Intercambio tergiversado

En el seno mismo del Congreso, en la última de las mesas redondas, la dedicada a discutir sobre El escritor como figura pública, hubo un intercambio polémico del que da cuenta un cable de la France Presse, desde Nueva York y que reproduce PEC (Santiago de Chile, 28 de junio de 1966): «El fantasma de la guerra fría manifestó su presencia hoy en las tareas del trigésimo cuarto Congreso del P.E.N. Club durante una discusión sobre El escritor como figura pública y el problema que se plantea «al tomar partido por unas ideas.»
«Primeramente se produjo una violenta discusión entre el novelista italiano Ignacio Silone y el poeta chileno Pablo Neruda. «En régimen totalitario, los escritores son tratados correctamente, pero son meros instrumentos. Se les reduce a ser el reflejo de una consigna», declaró Silone, quien expresó además su indignación respecto al asunto Pasternak y evocó con entusiasmo el papel de los escritores húngaros durante el alzamiento de 1956 y de sus colegas polacos en lo que denominó el «despertar» de su país.
«Yo creía que la guerra fría había pasado a la historia, pero tengo aquí colegas ilustres que se han complacido en sacarme de mis sueños», replicó Pablo Neruda. Tras haber indicado que, en el transcurso de sus viajes por ambos lados del telón de acero, había encontrado «escritores felices y escritores desgraciados», Neruda declaró que formulaba votos «por que todos los escritores sean felices».
«Al contestar al escritor chileno -quien declaró aceptar «con orgullo el calificativo de propagandita junto a Walt Whitman y Víctor Hugo»- el sociólogo norteamericano Daniel Bell expresó que el problema no estaba «en saber si los escritores son dichosos o desgraciados, sino si son víctimas de purgas, encarcelamientos y multas o no».
«Silone volvió a insistir en que aquellos que aludían a la guerra fría, en cuanto se evocaba el nombre de Pasternak, eran sin duda ellos mismos víctimas de la misma.»
Una versión similar del mismo encuentro se publicó en Le Fígaro, de París (20 de junio), firmada por el enviado especial del periódico, Léo Sauvage. Bajo el título «Un incidente salva al PEN Club del tedio», el periódico francés asegura que Silone alteró la buena voluntad diplomática que parecía ser signo general del Congreso, metiendo redondamente la pata («carrément mis les pieds dans le plat»). Según Sauvage, al reaccionar contra el exceso de honores allí conferido al poeta chileno, Silone «pidió a los congresistas que hicieran una distinción entre la lucha del escritor contra el Estado totalitario y su sumisión a éste, como ‘propagandista’. El novelista italiano no había nombrado, al emplear esta última palabra, al poeta chileno, pero Pablo Neruda, con razón, se sintió personalmente indicado. Comparándose a Walt Whitman y a Víctor Hugo, Neruda declaró primero que aceptaba ‘con orgullo’ el calificativo de ‘propagandista’; luego se quejó de que Silone hubiera ‘resucitado la guerra fría’. Agregó que durante sus viajes ‘por los países socialistas que los países califican de totalitarios’, él había encontrado muchos ‘escritores felices'».
Como se puede advertir, la versión de Le Fígaro y la de France Presse coinciden en lo esencial: atribuir a Silone la ruptura de la armonía intelectual del Congreso, aceptar la versión de Neruda de que el novelista italiano introdujo allí el clima de la guerra fría. Esta versión se ha multiplicado en otras publicaciones y hasta Mundo Nuevo se hizo involuntario eco de ella. (Ver la sección Sextante del núm. 3º) Como suele suceder muchas veces, la verdad no se ciñe estrictamente a los resúmenes de las agencias telegráficas o de los enviados especiales, sean ellos permanentes o no. Para saber lo que dijo realmente Ignacio Silone hay que acudir a otras fuentes.
La Fiera Letteraria, de Roma, reprodujo el texto original de la intervención de Silone en su edición del 14 de julio. Allí se puede ver que el escritor italiano matizó mucho más sus opiniones y no dejó de referirse con elogio no sólo a escritores antisoviéticos, sino también a la actitud de los intelectuales franceses que se atrevieron a criticar la Cuarta República durante el conflicto de Argelia o de Indochina, y la reacción de los intelectuales y estudiantes norteamericanos en la hora actual frente a la guerra de Vietnam. Esta precisión parece necesaria porque el resumen divulgado por la prensa de casi todo el mundo no hace estricta justicia a la posición equilibrada de Silone.
De todas maneras, ese choque ideológico no alteró el clima general de diálogo, que fue la nota dominante del Congreso y que había sido el objetivo principal de sus organizadores. No hay que olvidar que este Congreso deriva en realidad del celebrado el año anterior en Bled, Yugoslavia, y en que precisamente fue elegido Arthur Miller como presidente internacional. Allí Miller invitó a Pablo Neruda (que también asistía a Bled como huésped de honor) a que viniera a Nueva York y aseguró entonces al poeta chileno que el P.E.N. haría lo posible para que se levantaran las severísimas restricciones a la entrada en los Estados Unidos de intelectuales de izquierda. El éxito de esta gestión de Miller y del P.E.N. Club Internacional se pudo ver precisamente en el XXXIV Congreso. Por eso, la presencia de escritores de los países socialistas del mundo entero y, sobre todo, de una delegación latinoamericana en que abundaban los escritores de izquierda era, de antemano, la mejor demostración de que el maccarthismo había sufrido una gran derrota póstuma en los Estados Unidos y de que la guerra fría (por lo menos en el terreno intelectual) había dado paso al diálogo. Por eso mismo, insisto, conviene situar en este verdadero contexto el intercambio de palabras ocurrido entre Silone y Neruda.

Un almuerzo cuestionado

La asistencia de Neruda al Congreso suscitó otras reacciones en América Latina. A su regreso a Chile, Neruda tomó la ruta del Pacífico; hizo escala en México y en Perú, donde almorzó con el Presidente Belaúnde y aceptó de sus manos la condecoración de la Orden del Sol. Un grupo de chilenos residentes en Cuba realizó entonces una emisión por Radio La Habana en que se atacaba a Neruda por estos últimos actos. Según informa Clarín, de Santiago de Chile (13 de julio) alegaban que «eso no lo podía hacer alguien que posaba de revolucionario toda vez que en Perú se está combatiendo a muerte las guerrillas». Como respuesta, Neruda hizo una declaración fechada el 15 de julio y que dice literalmente:
«Mi contacto con los escritores norteamericanos, con los estudiantes, con mis lectores y con el pueblo de los Estados Unidos ha sido una experiencia poética y política de primera importancia.
«También en el Congreso Mundial del P.E.N. Club expusimos en mesa redonda los problemas de América Latina con escritores como Carlos Fuentes, de México; Martínez Moreno y Onetti, del Uruguay; Nicanor Parra, de Chile; Sábato, de Argentina, y Mario Vargas Llosa, del Perú.
«Fue un gran placer tomar parte en las discusiones generales con hombres como Arthur Miller y con poetas y novelistas de la República Democrática Alemana, de Bulgaria, de Polonia, de Yugoslavia, de Hungría, de Checoslovaquia y de otras naciones socialistas.
«Tuve la oportunidad de refutar a profesionales anticomunistas como el italiano Silone.
«Leí mis poemas líricos, antifascistas y antiimperialistas a vastas audiencias del pueblo norteamericano, mexicano y peruano.
«Expresé mis opiniones a grandes órganos de la prensa, la radio, la televisión y el cine.
«Si el cumplimiento de estos deberes de un escritor no agrada a un grupo de chilenos, cuyas opiniones se difundieron a través de Radio Habana, lo siento mucho pero continuaré cumpliendo con estos deberes.
«En esta oportunidad reitero mi amistad al enorme número de intelectuales de Estados Unidos que mantienen una valiente oposición a la política agresiva de su Gobierno, a las masas de la población negra que defienden heroicamente sus derechos, y al Partido Comunista norteamericano a quien envié mi fraternal saludo durante mi visita a Nueva York.
«En cuanto a la Orden del Sol, pedida por la Asociación de Escritores Peruanos, y en especial por su Presidente, el eminente novelista Ciro Alegría, y que me fue otorgada por mi poema Alturas de Machu Picchu, pienso que es una honra recibir esta distinción creada por el Libertador José de San Martín en 1819 y que en este momento refuerza la amistad imperativa e imprescindible de los pueblos de Chile y del Perú.
Debo agregar que la acción terrorista del Gobierno norteamericano en Viet-nam es el hecho más criminal de nuestra época. Otro tanto pienso, dentro de la órbita continental, del bloqueo de Cuba que mantienen los gobiernos latinoamericanos obedeciendo las órdenes del Departamento de Estado. Buena parte de mi obra y de mi acción están dirigidos a denunciar estos hechos intolerables y a manifestar mi adhesión a la gran Revolución Cubana. No abandonaré esta línea de lucha aunque esto disguste a numerosos enemigos y a algunos de mis amigos.»
Aunque es una precisión minúscula, conviene advertir que a la mesa redonda de escritores latinoamericanos a que se refiere Neruda en el segundo párrafo de su declaración, no asistieron ni Juan Carlos Onetti ni Ernesto Sábato, el primero por hallarse indispuesto, el segundo por haber regresado ya a Buenos Aires.
Una consecuencia inmediata de este conflicto entre chilenos fue la conferencia de prensa que dio Neruda para presentar su declaración y en la que contestó a numerosas preguntas de los periodistas asistentes. Según informa El Mercurio, de Chile (16 de julio), Neruda no sólo habló de los temas ya explicitados en su declaración. También se refirió a la condena de los escritores soviéticos Siniavski y Daniel en estos términos: «No conozco los libros que según la justicia soviética son calumniosos hacia ese país. No estoy de acuerdo tampoco que por las obras literarias sean llevados a la justicia escritores en ninguna parte. Pero creo que es mi deber también no contribuir a que tomando el nombre de esta causa, que puede ser discutible, se alimente la guerra fría y se use de mis probables opiniones o del revuelo de éstas para atacar a la Unión Soviética, país que conozco, respeto y amo.» Con respecto al Congreso del P.E.N., declaró Neruda que estas reuniones «son encuentros de los cuales no se desprenden conclusiones. En ellos se intercambian opiniones y se debaten problemas.» También se refirió a aspectos de dicho Congreso que ya han sido ilustrados en Mundo Nuevo: la mesa redonda de los escritores latinoamericanos (v. En núm. 4º «Diario del P.E.N Club»), la mesa redonda de los escritores latinoamericanos (v. en este mismo número: «El papel del escritor en la América Latina»). Sobre Nueva York y sobre los Estados Unidos tuvo opiniones de admiración o rechazo, que no modificaban para nada lo ya expresado, en el terreno político, en la declaración arriba transcrita. Conviene subrayar, sin embargo, una referencia que hizo a la reacción de mucho norteamericanos ante la guerra del Vietnam. Dijo que le llamó la atención una publicación hecha en el New York Times, «de tres páginas, con más de quince mil firmas en que la gente ponía su dirección y su teléfono, contra la guerra del Vietnam. Se dice -agregó- que cada página del New York Times cuesta 75 mil dólares. Esa gente pagó esas tres páginas.» También hizo algunas referencias a la literatura norteamericana. Dijo que en Nueva York se había dedicado a recorrer las librerías de viejo buscando ediciones antiguas de Walt Whitman. «Cuando me preguntaron -dijo- qué influencia había tenido la literatura norteamericana sobre mi poesía, les relaté una anécdota de mi carpintero, Rafita, en Isla Negra. Me regalaron -agregó- una fotografía de Whitman de 1,50 m de altura, que la hice colocar en una puerta. Le decía que no me lo fuera a romper al hacerlo. Lo terminó de colocar y me dice : -Don Pablito, ¿le puedo preguntar? ¿Es su papá? Yo le dije: Sí, Rafita, es mi papá. Eso le contaba a los norteamericanos.»
Volviendo a las acusaciones que le hizo el grupo chileno desde La Habana, Neruda reafirmó la posición de los comunistas de su país sobre la represión de las guerrillas en el Perú. «Repudiamos estas agresiones. Eso ha sido reiterado. Yo no me retracto de nada, pero por favor, yo soy también un hombre público, un poeta que tiene amigos en todo el continente y un huésped que llega a un país en que puede comer con profesores, escritores, obreros y que también puede desear comerse un par de huevos fritos con un Presidente de la República. Ruego que me dejen tranquilo sobre eso. La tranquilidad que he logrado ya -dijo- es la de haber trabajado muy duro durante muchos años. No sentir hacia mis compañeros escritores otra cosa sino que cada uno de ellos haga mejores y más grandes obras. Mi tranquilidad la he conquistado poco a poco y no me he dado cuenta cómo.»
En la versión del semanario chileno Ercilla (20 de julio), recogida por Juan Ehrmann, Neruda amplió sus declaraciones sobre el Congreso del P.E.N. Allí se refiere a uno de los invitados a este Congreso, Valeri Tarsis, autor de Sala Siete, escritor soviético que perdió su ciudadanía por sus escritos y que actualmente vive fuera de su país. Según Neruda, en un momento Tarsis «propuso la conveniencia de que la guerra fría fuese reemplazada por una guerra caliente. Lo pifió toda la sala. Es un payaso. Afortunadamente el Congreso tuvo muchos aspectos positivos. Fue la más grande de las reuniones internacionales de escritores realizadas hasta la fecha. El P.E.N. fue la primera institución en romper los límites de la guerra fría en la postguerra entre el mundo capitalista y el mundo socialista. En esta ocasión hubo escritores de Alemania Democrática, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia y Yugoslavia.» A la pregunta de por qué no asistieron los soviéticos, Neruda contestó que no sabe con seguridad. «Iban a venir y si no lo hicieron bien puede ser por la presencia de Tarsis.»
Con algún retraso, los escritores soviéticos han confirmado esta suposición de Neruda. De acuerdo con una crónica publicada en el New York Times (29 de julio), la Unión de Escritores Soviéticos parece haber denunciado al PEN Club Internacional por haber permitido participar en sus debates a escritores «antisoviéticos y anticomunistas». Por su parte, La Literarurnaya Gazeta ha recogido críticas muy amargas contra la participación de Valeri Tarsis, la que, sin embargo, fue también atacada por escritores nada proclives de seguir la línea comunista. Replicando a sus colegas soviéticos, el secretario internacional del PEN Club, David Carver, subrayó precisamente que cuando Tarsis intervino acaloradamente desde la platea durante una de las reuniones, el moderador se encargó de desvincular al PEN Club de sus afirmaciones. En realidad, y de acuerdo con mi experiencia del Congreso, la figura de Tarsis no produjo ningún impacto serio y por el contrario suscitó la broma o el escarnio de la mayoría de los escritores presentes.

Una reacción cubana

Más de treinta escritores cubanos dirigieron con fecha 2 de agosto una carta abierta a Pablo Neruda que reprodujo el semanario Marcha de Montevideo (5 de agosto). En esa carta se discute largamente las ventajas que puede tener para la causa socialista la presencia de Neruda en el Congreso del P.E.N. y se afirma que ésta ha sido utilizada en favor de la política de los Estados Unidos. También se habla de la visita de Neruda al Presidente Belaúnde. La carta concluye con estas palabras: «Algunos de nosotros compartimos contigo los años hermosos y ásperos de España; otros, aprendimos en tus páginas cómo la mejor poesía puede servir a las mejores causas. Todos admiramos tu obra grande, orgullo de nuestra América. Necesitamos saberte inequívocamente a nuestro lado en esta larga batalla que no concluirá sino con la liberación definitiva, con lo que nuestro Che Guevara llamó «la victoria siempre».
El telegrama de respuesta de Neruda sólo se conoce a través de fragmentos reproducidos en un cable de la A.P., que también transcribe en la misma edición el semanario uruguayo: «Ustedes parecen ignorar que mi entrada en Estados Unidos, al igual que la de escritores comunistas de otros países, se logró rompiendo las prohibiciones del Departamento de Estado gracias a los intelectuales de izquierda.
«En los Estados Unidos y en los demás países que visité, mantuve mi ideas comunistas, mis principios inquebrantables y mi poesía revolucionaria. Tengo derecho a esperar y a reclamar de ustedes, que me conocen, que no abriguen ni difundan inadmisibles dudas a este respecto.
«En Estados Unidos y en todas partes he sido escuchado y respetado sobre la base inamovible de lo que soy y seré siempre: un poeta que no oculta su pensamiento y que ha puesto su vida y su obra al servicio de la liberación de nuestros pueblos.
«Por mi parte, tengo una inquietud más realista que la de ustedes por la forma en que se están tratando diferencias que van más allá de mi persona.
«Me permito llamarlos a ahondar en este hecho y a poner el acento en la responsabilidad mutua por el mantenimiento y desarrollo de la necesaria unidad antiimperialista continental entre los escritores y todas las fuerzas revolucionarias.
«Una vez más expreso a través de ustedes, como lo he hecho a través de mi poesía, mi apasionada adhesión a la revolución cubana.»
La mencionada carta abierta contiene también algunos errores de información sobre Mundo Nuevo. El más grave, y que se debe rectificar inmediatamente, es el que se apoya en una supuesta acusación hecha por el New York Times en su edición internacional del 28 de abril de 1966. Al invocar un fragmento de dicha acusación, los escritores cubanos omiten advertir al lector que ésta iba precedida en el texto original de una «se dice» (is said) que la invalidaba. También omiten decir que en tres ediciones subsiguientes del mismo periódico (9, 10 y 20 de mayo) se publicaron sendas y largas rectificaciones. Es lamentable que los escritores cubanos invoquen precisamente ahora como autoridad a un periódico sobre cuya seriedad informativa deben poseer vastas dudas.

Dos testimonios opuestos

Otras reacciones que ha provocado el Congreso del P.E.N. Club demuestran, una vez más, que todo Congreso es como una posada española: allí se come de lo que cada uno lleva, según afirma el conocido refrán. Leyendo el informe de H. A. Murena en Zona Franca (Caracas, julio 1966) es difícil tomarse en serio aquel Congreso. Desde el título ya se advierte el tono de chacota (cachada, dicen en el Río de la Plata) que ha elegido el novelista argentino para presentar esta reunión internacional: «La certidumbre de las locuras o el P.E.N. en New York.» Casi no hay aspecto pintoresco de una reunión de este tipo que Murena no subraye con un sentido del humor que también se suele evidenciar cuando opina sobre cosas más graves (en la página 7 califica de «guerrita» a la guerra del Vietnam que en estos momentos amenaza la supervivencia del planeta). Pero no conviene tomarse en serio a quien tal vez no se toma nada en serio. Lo único que sí conviene rectificar es una afirmación de su crónica. En la página 8 (y en la leyenda de una fotografía de la página 5) se afirma que «los latinoamericanos quisieron tener su sesión especial. Pidieron autorización a Arthur Miller. Éste la concedió. Y se reunieron». La verdad carece del carácter burocrático y peyorativo que ha creído necesario utilizar Murena. Se encuentra referida precisamente por uno de los organizadores de dicha Mesa, el novelista Carlos Fuentes y, en una crónica de Life en Español (New York, 1 de agosto):
«Una noche nos reunimos en un restaurant gallego de la Tercera Avenida, Miller, Neruda, los poetas mexicanos Homero Aridjis y Marco Antonio Montes de Oca, y yo. Miller había dicho en su discurso inaugural que universalizar la cultura era el propósito de P.E.N., y que ésta era una tarea de los escritores porque sólo a los escritores les importa tanto y porque la naturaleza de la literatura es dirigirse al mundo. Le propusimos, entonces, la celebración de una mesa redonda de los escritores latinoamericanos. casi todos nos conocimos por primera vez en Nueva York, fuera de nuestro tradicional aislamiento. Carecíamos de la universalización mínima, la de una región de culturas similares. Y podríamos tratar con mayor concreción los problemas que, en otras mesas redondas, a menudo se perdían en difusiones semánticas. Miller aprobó con entusiasmo la idea y encargó la organización de la mesa a Rodríguez Monegal.»
Toda la crónica de Fuentes refleja una visión completamente distinta del Congreso. Desde su título: «El P.E.N.: Entierro de la guerra fría en la literatura», de advierte precisamente el sentido exacto que tuvo dicha reunión internacional. Nadie dijo ni pretendió decir que la guerra fría ha muerto. Sería irreal dadas las circunstancias políticas que informan todos los días los periódicos. Pero lo que sí se dijo y se debe repetir es que esta reunión, a la que asistieron escritores de todos los matices que hablaron libremente y hasta libremente polemizaron, es la mejor demostración objetiva de que el diálogo intelectual se ha restablecido. Es un diálogo lleno de peligros y de resquemores, un diálogo difícil y a ratos descorazonador, un diálogo que exige mucha más lucidez, mucha más auténtica pasión, mucho más profundo compromiso que la adhesión automática a un dogma. Es un diálogo de escritores y no de burócratas. Todo el artículo de Fuentes pone muy bien en claro este aspecto del Congreso del P.E.N. Para demostrarlo, basta citar un párrafo central:
«Sólo me aproximo a ésta, la corriente subterránea del Congreso de P.E.N. Club. Gracias a ella -a algo más de lo que acierto a escribir- el encuentro de Nueva York fue lo que fue: un acto de liberación.
«Me refiero, también, a lo más obvio. Hace 20 años, sólo un novelista de cine ciencia ficción habría previsto que, en el valiente mundo nuevo de 1966, un poeta comunista chileno sería aclamado por miles de personas en Nueva York, Washington y Berkeley, California. Otro cuentista, sin esfuerzo, pudo imaginar que un escritor ruso exiliado lanzaría, desde Nueva York, furiosos anatemas contra el gobierno soviético pero, ni con la imaginación de H. G. Wells, pudo prever que el público protestaría vigorosamente contra esas andanadas bélicas. Un tercer fantasioso pudo haber situado en Nueva York a un grupo de escritores de izquierda que se habrían abstenido de lanzar ataques a los EE.UU. Y un nuevo Julio Verne, en fin, pudo describir el espectáculo improbable de 500 escritores -conservadores, anarquistas, comunistas, liberales, socialistas- reunidos, no para lanzar acusaciones, no para subrayar diferencias, no para anunciar dogmas, sino para discutir problemas concretos, reconocer una comunidad de espíritu y aceptar una diversidad de intenciones.
«¿Idilio de bobos o paz de los sepulcros? No; simplemente, integración de lo verdaderos problemas -personales y colectivos- del escritor a dos niveles fundamentales: el del conocimiento y el de la responsabilidad. Nadie habló de lo que no sabía. Todos dijeron lo que podían comunicar a los demás. Y cuando esa comunicación tuvo un carácter crítico, asumió la forma de una respuesta del escritor a su propia comunidad, no la de un ataque abstracto a las ideologías o a sus encarnaciones diabólicas en Oriente o en Occidente.
«La diferencia es grande. Hace 20 años, un novelista latinoamericano de izquierda hubiese aprovechado la ocasión para montar un ataque contra los EE.UU. Y un novelista norteamericano, aun con -o a causa de- sus credenciales liberales, no habría dejado asar la oportunidad de depositar un óbolo anticomunista.
«El crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal observó que estábamos diciendo el último adiós al difunto senador McCarthy. Cabría ir más lejos y afirmar que el XXXIV Congreso Internacional del P.E.N. Club será recordado como el entierro de la guerra fría en la literatura. Allí triunfó la convicción práctica de que el aislamiento y la incomunicación culturales no sirven sino a la tirantez internacional, de la que son inservibles reliquias. En este sentido, resultó lamentable la ausencia de los seis desconocidos observadores soviéticos que, a última hora, decidieron no viajar a Nueva York, en vista del temor oficial en Moscú de que el caso Siniavsky-Daniel ocupara la atención central del Congreso. En realidad, las temidas referencias ocuparon un justo lugar al lado de otras, igualmente concretas, a situaciones flagrante o enmascaradas en España, Portugal, México, Alemania Federal, China… No se trataba de alentar antagonismos políticos, sino de defender la libertad del escritor frente a cualquier sistema que, con cualquier pretexto, la ponga en entredicho.
«Cayeron viejos muros burocráticos: los escritores heréticos obtuvieron la visa norteamericana de manera normal sin que sus posiciones políticas se clasificaran al nivel del tráfico de enervantes o su presencia en los EE.UU. despertara imágenes de oficinas postales en llamas. Pero cayeron, sobre todo, viejas barreras mentales. Nadie renunció a sus convicciones. Pero nadie utilizó el foro del P.E.N. para azuzar odios o machacar lemas. La solitaria excepción -Valeri Tarsis- pidiendo a gritos la «guerra caliente» mereció la más sonora rechifla del Congreso y la pronta respuesta de Arthur Miller: «Esta no es una plataforma de la guerra, caliente o fría. Todos hemos sido endoctrinados adentro de una sola causa. Nuestro propósito aquí es restaurar la diversidad. El P.E.N. Club es una plataforma libre y abierta.»
«Dentro de este espíritu auténtico hablaron Mario Vargas Llosa y Saul Bellow. Los cito deliberadamente porque fueron el ejemplo de honestidad largo tiempo ausente de los encuentros de intelectuales. El autor de La ciudad y los perros habló de las dificultades para ser, simplemente, un escritor en América Latina; para mantener una vocación a pesar de la desconfianza, la indiferencia, la ignorancia real de los débiles y el «snobismo de la ignorancia» de los poderosos. El escritor, en estas condiciones, se convierte en un fuera de la ley, cuando no desciende al estado de clochard. No hay lugar para él, a menos que deponga las armas e ingrese, dócilmente, en el mundo establecido de las recompensas y la decencia. Pero entonces no será un verdadero escritor. Repetirá lo que lo demás dicen. Y en América Latina un escritor es el que dice lo que muchos callan.
«El autor de Herzog, por su lado, habló desde el centro de otra situación, en la que miles de personas gracias a las facilidades de la educación y de las exigencias de la tecnocracia, ingresan cada año a la «alta cultura» literaria, pero a través del cedazo de una clase de profesores y críticos que inoculan la literatura, transforman la imaginación en opinión y el arte en información. Hoy, en los EE.UU., es chic hablar de Rimbaud y D. H. Lawrence: se puede tener la visión de la tierra baldía mientras se aborda un yacht. Se escriben obras de encargo, placenteras para las actitudes, posiciones a fantasías de la gente que acaba de descubrir la literatura de vanguardia y, en seguida, la ha domesticado. Asistimos, dijo Bellow, a una degradación del tiempo presente y de la potencia creadora de nuestros contemporáneos.»
«Bellow y Vargas Llosa hablaron con amor, cólera e ironía sobre ese mundo inmediato y visible, y al hacerlo ya lo estaba transformando. Uno y otro demostraron, en el acto, lo que significa ser escritor, la pluma se había impuesto al tiempo» (1)

(1) El texto de Saul Bellow a que hace referencia Fuentes se publicó en el núm. 3 de Mundo Nuevo; la intervención de Mario Vargas Llosa se reproduce en este mismo número de la revista, en la sección Mesa Redonda.

* Seguramente que el Congreso del P.E.N. Club continuará despertando nuevos ecos. No se atacan impunemente los viejos hábitos intelectuales de un mundo que tiene ya más de veinte años de guerra fría en el campo de la política y que no parece demasiado dispuesto a deponer las armas en este terreno. Pero la misión del intelectual no es perpetuar los viejos hábitos mentales sino discutirlos, no es decir amén al mundo sino ponerlo en cuestión, no es encerrarse en el desdén de la torre de marfil o en el nicho burocrático, sino salir a la calle a decir, con todo riesgo y toda responsabilidad, lo que tiene que decir. Al hacerlo se expone a que otros digan cosas contrarias, que su opinión sea rebatida o tergiversada, que se le ataque con argumentos o con insultos, con malicia o con calumnias. Todo esto es previsible. Pero lo peor es quedar callado o hablar sólo con los correligionarios. En el XXXIV Congreso del P.E.N. Club en Nueva York todos hablaron con todos. No es menuda hazaña.

 
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